Todos flotan

dsessions:

El recital de Roger Waters fue impecable. Por momentos no distinguíamos los truenos de los efectos de sonido, los aviones de utilería de los que aterrizaban en Aeroparque, ni los relámpagos de las luces del estadio. La lluvia era real. Pero tampoco, a decir verdad, sabíamos cuándo Roger Waters…

Las segregadas, grupo de Facebook


 -Ay, es encantadora Osobuco –escribió Dientes de Arado en el chat.

-¿Viste? –respondió la Barracuda– Y tan vital. Yo pensé lo mismo. Tenía una mala imagen de ella, pero es lo que decimos siempre: te etiquetan con el apodo.

Ambas coincidieron en elogiar la iniciativa de la Manca, que las había reunido dos años antes a través del grupo de Facebook de las segregadas. Al principio les había parecido un despropósito el nombre, casi una ofensa. Además, no les había mandado la invitación a todas las egresadas, sino sólo a un grupo selecto. Llegaba el mensaje de invitación al grupo con la foto de perfil de la Manca donde se veía en primer plano, sin ningún intento de ocultamiento (como sí ocurría en las fotos del secundario), el brazo atrofiado que le había valido el apodo, con cinco dedos minúsculos y unidos entre sí por una delgada membrana poblada de finas venas azules. En ese momento, la mayoría rechazó la invitación. Las únicas que se sumaron fueron Pico de Loro  y Pelo de Concha, que captaron rápido la ironía. Al principio intercambiaban videos y fotos viejas, hasta que un día la Manca se largó y mandó la primera actualización de estado importante:

 

“Nosotras no somos peores que el resto. Eso es lo que nos quisieron hacer creer. Las otras también tenían vidas de mierda, pero se sentían mejor si sabían que nos tenían abajo. Y los varones, que piensan con lo que ya sabemos que piensan, para darles el gusto, nos ponían los apodos. Llegó el momento de darnos cuenta de cómo eran las cosas. Fíjense en los muros de Facebook. A los y las que se burlaban, nos señalaban con el dedo, nos segregaban, no les fue mejor en la vida que a nosotras.”

 

Al día siguiente se sumaron el Pacú, la Roncha y el Matambre. Eso le otorgó vitalidad al grupo. Se comentaban con malicia los muros y las fotos de las que habían sido populares y deseadas en el colegio. Les elogiaban el peinado en fotos donde evidentemente era un desastre, se reían de la bragueta abierta del marido de una en una foto que estuvo sólo cinco minutos online, ese tipo de cosas. La cosa podría haber terminado así, en un chismorreo estimulante pero improductivo, hasta que la Manca decidió dar un paso más adelante. Publicó en su perfil una foto como de prontuario, sosteniendo –con sus dedos atrofiados– un cartelito donde había escrito su apodo.

-Yo no me animaría –comentó el Tero–, pero te felicito.

La segunda fue Leberwurst. Le decían así porque era de origen alemán, gorda y en una fiesta de 15 se puso un vestido en el que alguien opinó que estaba embutida. Pero los años habían pasado, adelgazó unos cuantos kilos y aprendió a vestirse de manera más razonable. El contraste entre el apodo y su realidad actual saltaba a la vista. Leberwurst era soltera en ese momento. Igual que casi todas en el grupo, había tenido un par de relaciones que terminaron de manera estrepitosa y estaba un tanto alarmada con respecto a su futuro sentimental, sobre el que todas las brujas coincidían en que sólo le esperaban más rotundos fracasos. Y al pie de esa foto de perfil, a Leberwurst le dejó un comentario Daniel Schaffer, que era uno de los chicos populares y deseados durante el secundario, y  todavía parecía bastante potable. Decía: “Ey, qué linda estás”.

Para ese entonces el grupo de Facebook ya se había transformado en una cadena de mails, donde se comentaron todos los avances de la relación. Por mensaje privado, él la invitó a salir. Se encontraron en Bangalore, un bar de Palermo. Tomaron gintonic y después se fueron a garchar. Cuatro veces. “Y podrían haber sido más”, afirmó Leberwurst. Todas la felicitaron, algunas con más énfasis que otras. Llamó la atención el silencio de la Manca al respecto, más aún la tarde en que Leberwurst anunció que ella y Daniel estaban saliendo.

A partir de entonces, de a una, todas subieron sus fotos de perfil con el cartelito con el apodo debajo. Y a muchas les fue bien. No es que todas se hayan encontrado con ex compañeros deseables en el secundario, pero algo rascaban. Cuando está bien vendida, es decir, cuando se dan muestras de que uno se repuso a ella, la adolescencia conflictiva es un punto a favor. Esto corría de alguna manera para todas, excepto para la Manca. Su brazo mutante, que ella exhibía con orgullo, no estimulaba a nadie. Más bien al contrario: generaba rechazo. Muchas lo percibían, pero ninguna se animaba a decírselo. Hasta que llegó Osobuco.

Los varones le habían puesto ese apodo porque decían que era carne barata. En la actualidad vivía en el Tigre con un marido publicista, pintaba cuadros que exponía en galerías de arte, le gustaba la fotografía y tenía una hija de tres. En algunas fotos aparecía con un pañuelo rojo a lunares blancos, atado en la cabeza. Subía al muro poemas vitalistas que hablaban de cómo hay que disfrutar cada instante. Cuando la integraron a la cadena de mails, felicitó a todas por el grupo que habían formado.

-Están llenas de vida –escribió con admiración.

Y se sacó una foto en blanco y negro, rodeada de claroscuros, con el cartelito del apodo a la altura del pecho, igual que las demás. A sus pies había una cacerola de puchero con una cuchara de madera apoyada encima. En la mano libre llevaba un pedazo de osobuco crudo. Tenía un pañuelo floreado en la cabeza. Como a todas les encantó la foto, se ofreció a hacerles retratos alegóricos a todas las integrantes del grupo, que por entonces contaba con casi veinte integrantes, porque se habían sumado chicas de las divisiones inferiores del mismo colegio.

La primera fue el Pacú. Se juntaron en el río una tarde y Osobuco le hizo diferentes tomas mientras nadaba en el agua espesa y marrón, sosteniendo el cartelito afuera del agua. Después eligieron la mejor, que Osobuco retocó con el Photoshop y el Pacú subió a su perfil. El éxito en “Me gusta” y comentarios elogiosos fue inmediato. A partir de entonces, una a una, todas aceptaron la oferta de Osobuco.

-Estoy armando el book de las segregadas –escribió una vez en su muro.

Al cabo de unos meses ya había hecho el retrato de casi todas. Viajó un fin de semana a Mar del Plata con la Barracuda y se juntó una mañana con el Matambre en el mercado de Liniers. Podría haber terminado más rápido, de no ser porque algunas veces desaparecía por unos días o decía sentirse particularmente cansada.

-Lógico –razonaba la Enana de Jardín–, ella también tiene su vida. Hay que respetarla.

Al final sólo faltaba el retrato de la Manca. Osobuco le mandó un mail:

 

“No puede ser que la fundadora de este grupo no tenga un retrato como corresponde”.

 

La Manca tardó en responder. Al final dijo que sí. Osobuco le mandó su celular para que combinaran el fin de semana. Se animó a llamarla recién dos semanas después, pero no la encontró. Dejó mensajes, le mandó un mail, la buscó en Facebook, pero Osobuco había desaparecido del mapa. La llamó recién al mes siguiente, deshaciéndose en disculpas, pero sin ofrecer una explicación por su ausencia. Quedaron en encontrarse el sábado, en casa de la Manca. Osobuco llegó tarde. Estaba pálida y tenía ojeras. Su palidez se veía acentuada por el pañuelo oscuro que llevaba, como siempre, en la cabeza.

La Manca la esperaba con mate y facturas. Conversaron un rato. La que más habló fue la Manca, que se sorprendió de cuánto cambia la gente con los años y qué distinta es la realidad del personaje que uno genera en Facebook. Recordaba a Osobuco como una chica vivaz, conversadora, y esa era la impresión que dejaba también con sus posteos en el muro, a los que se sumaba un misticismo que estaba ausente en su adolescencia, y que la Manca consideraba una cosecha de los años que habían transcurrido desde que terminó el secundario. La persona que tenía en frente, sin embargo, parecía frágil y enfermiza. Hablaba poco y sonreía de compromiso, de vez en cuando, como si le resultara un terrible esfuerzo hacerlo.

-¿Estás bien? –le preguntó después de un rato.

Osobuco asintió. La Manca notó que tragaba saliva.

-Vamos a sacar las fotos –dijo.

Decidieron hacerlas en el dormitorio de la Manca, que se había comprado un conjunto de ropa interior con encajes y transparencias para la ocasión. Osobuco le delineó los ojos de negro. La Manca se sentó sobre la cama, con las piernas ligeramente separadas, como una modelo en una publicidad de lencería erótica. Osobuco corrió al baño antes de sacar la primera foto. Volvió secándose la boca con el dorso de la mano. La Manca quiso preguntarle si estaba bien, pero ella no le dio lugar.

-¿Empezamos? –dijo.

La Manca iba cambiando de posición. Se sentaba en la cama, se acostaba boca arriba, boca abajo, ensayaba expresiones con los labios. La única constante en las tomas era el cartel con su apodo, que sostenía bien a la vista, con su mano atrofiada. Osobuco sacaba una foto detrás de otra, desde todos los ángulos posibles. Iba y venía con soltura, como poseída, parecía haberle vuelto el alma al cuerpo.

-Ponete el brazo atrás de la espalda –le dijo a la Manca mientras observaba las fotos recientes en el visor de la cámara.

La Manca se quedó paralizada.

-¿Cómo?

-El brazo… escondelo, que no se vea. Queda feo. A veces no hay que mostrar todo.

Por un instante, cruzaron sus miradas. A la Manca se le aparecieron mil insultos por la mente. Se imaginó a sí misma expulsándola del grupo, iniciando una cruzada en las redes en su contra. Osobuco le sostenía la mirada. Tensa, pero con autoridad, como si no se arrepintiera de sus palabras. “Ocultate, escondete”, había dicho. Como le decían los adultos cuando era chica. “¿Por qué dijo eso?”, se preguntó la Manca. Y estuvo a punto de protestar en voz alta, cuando sospechó que no había cabello debajo del pañuelo que le cubría la cabeza. Fue como verla por primera vez. Su palidez, su aspecto enfermizo, su misticismo… todo cerraba. Osobuco miró hacia abajo, suspirando. La Manca retrocedió en la cama, sobre las frazadas arrugadas, y cubrió su brazo atrofiado con una almohada.

-¿Así está bien? –le preguntó.

panicopotlach:

Reina pero no gobierna.

panicopotlach:

Reina pero no gobierna.

panicopotlach:

El reverso de la convertibilidad.

panicopotlach:

El reverso de la convertibilidad.

gauyo:

IT’S THE 90S! (by Everything Is Terrible!)


Las máquinas del tiempo
En su ya clásico Ciencia ficción, utopía y mercado,  Pablo Capanna sostiene que la ciencia ficción se constituyó como una  respuesta a la angustia generada por los avances científicos y  tecnológicos del siglo XX y terminó, acaso paradójicamente, configurando  el imaginario que serviría de modelo a este proceso. Esto se verifica  no sólo en los programas espaciales llevados adelante por las grandes  potencias, sino también en electrodomésticos, computadoras personales e  Internet, que habían surgido mucho antes en las páginas de la ciencia  ficción. Por este motivo, la estrella del género se habría ido apagando  en los últimos veinte o treinta años: el mundo de sus fabulaciones es el  que estamos viviendo en la actualidad.
 Sin embargo, una rama importante del  género que aún permanece –y por lo visto, seguirá permaneciendo– en el  terreno de lo estrictamente conjetural es la de los viajes en el tiempo.  En su taxonomía literaria, Capanna no la señala como una especie en  particular. Por lo que se desprende de su clasificación, los viajes en  el tiempo podrían situarse en algún lugar entre la ucronía, la utopía y  tal vez en menor medida, en la literatura de anticipación. Poca justicia  para con una temática que hoy en día permanece viva y en permanente  movimiento, como un pez recién sacado del agua, en el cine y en algunas  series de televisión.
 La omisión de Capanna resulta doblemente  llamativa si se tiene en cuenta que él mismo señala como uno de los  pilares de la ciencia ficción a La máquina del tiempo, primera  novela de H.G. Wells (1895). Más allá de su carácter alegórico, la  novela sienta las bases de las principales obsesiones del género de ahí  en adelante y durante un largo período: el futuro, y en el futuro, el  destino de la humanidad. La novedad consistía en que su autor concebía  al tiempo como una dimensión equiparable al espacio, a través de la cual  se podía circular con la misma facilidad que con un automóvil por la  calle. Este pasaje de la abstracción más pura –y profundamente  moralizante– a su concreción tecnológica sería uno de los rasgos  distintivos de la ciencia ficción clásica, de corte humanista, que va de  Wells a Asimov y Arthur C. Clarke.
 El libro es retomado por la industria cinematográfica recién en 1960 con The time machine de George Pal, dando inicio a una larga sucesión de películas y series de viajes en el tiempo.
 De hecho, la narración de Wells, acaso  por ser la primera, se presenta como la variante más elemental del  subgénero: hombre que viaja al futuro –rara vez al pasado– y sus  experiencias son una advertencia sobre los destinos de la especie  humana. Su punto culminante es The Planet Of the Apes (Franklin  J. Schaffner, 1968), basada en el libro homónimo de Pierre Boulle, con  la diferencia de que éste utilizaba al viaje en el tiempo como un  recurso efectista, no como un elemento constituyente de la trama.
Hablamos, entonces, de “subgénero”, y nos  resistimos a subsumirlo dentro de otras ramas de la ciencia ficción como  propone Capanna. Sus problemáticas son propias y perfectamente  individualizables. Podemos resumirlas en tres puntos que se relacionan  entre sí:
 
- Las paradojas temporales. - El libre albedrío. - Los universos paralelos.
 
Todos estos puntos se encontraban en estado  embrionario tanto en el libro de Wells como en la película de George Pal  y ya habían sido abordados con más profundidad por Ray Bradbury en su  relato “El ruido de un trueno” y Robert Heinlein en “Todos vosotros,  zombies”, entre muchos otros, cuando Chris Marker estrena su  mediometraje La jeteé en 1962. Su argumento serviría de base a la película 12 Monkeys más de treinta años después.
 La historia es inquietante: en su  infancia, un niño es testigo de un asesinato en un aeropuerto. En su  madurez, es enviado al pasado para cumplir con una misión. Luego de una  serie de idas y vueltas en la trama –que se complejizan en 12 Monkeys– es asesinado en un aeropuerto. Entre los testigos, hay un niño que no olvidará jamás la escena.
 
Es probable que quien mejor haya narrado la  circularidad –en términos de lo que fue su desarrollo posterior– haya  sido Philip K. Dick en su relato “Algo para nosotros, temponautas” de  1974, donde imagina un programa de viaje temporal similar a lo que había  sido el programa espacial de los Estados Unidos durante los años 60 y  70. Se produce una falla en el lanzamiento de la máquina del tiempo, y  sus tripulantes ingresan en un bucle temporal que los obliga a vivir la  misma situación una y otra vez. La particularidad del cuento de Dick, su  toque personal, es que el protagonista tiene una conciencia de haber  vivido ya los episodios que se están narrando, lo cual le genera una  creciente sensación de irrealidad. La misma que se insinúa en La Jeteé y aparece más explícitamente en 12 monkeys, donde el protagonista duda permanentemente de su cordura, como si sus viajes en el tiempo fueran una especie de alucinación.
 
Unos años antes de 12 Monkeys, la saga de Back to the future había operado algunos cambios dentro del paradigma del subgénero. La  máquina –el célebre DeLorean– respetaba el espíritu de la de Wells, que  también tenía rasgos de automóvil. Pero esta vez era un artefacto  cotidiano perfectamente reconocible. La trama de la saga, con sus idas y  vueltas entre el pasado y el futuro, no difería esencialmente de lo que  ya se había visto en las pantallas, e incluso en series de televisión  como The Time Tunnel, Voyagers! y Star Trek.  La diferencia era que el protagonista retrocedía a su propio pasado  familiar. Las consecuencias de sus viajes se terminan, hasta donde  podemos saber, dentro de los límites de su ciudad. Lo que está en juego  es su propia existencia y el destino familiar, no el de la humanidad.  Liberado de esa carga, el subgénero derivó en una larga sucesión de  comedias y películas románticas que utilizaban algunos de sus tópicos,  como Groundhog Day, Kate & Leopold y las dos de Bill & Ted.
 En Donnie Darko (Rickard Kelly, 2001) se produce una primera síntesis entre la duda esquizoide de 12 Monkeys y cotidianeidad de Back to the future.  Resurge la trama circular, sembrada de dudas debido a la medicación  psiquiátrica que consume el protagonista. La película está armada como  un rompecabezas. No existe máquina del tiempo. El futuro y el pasado no  son acontecimientos históricos, sino que oscilan entre dos condiciones  contrapuestas: son estados mentales, o momentos en la historia familiar  del protagonista. Sólo al final el argumento parece inclinarse por la  última opción.
 
The Butterfly Effect (Eric Bress y J. Mackye Gruber, 2004) radicaliza esta propuesta,  adaptando la idea –propia de la Teoría del Caos– que subyace al cuento  “El ruido del trueno” de Ray Bradbury: el aleteo de una mariposa puede  sentirse del otro lado del mundo. La asimilación entre el viaje en el  tiempo y un viaje mental es absoluta. No sólo no hay máquina del tiempo,  sino que el protagonista regresa a su pasado con la edad y la  apariencia que tenía en aquel entonces, eliminando la posibilidad de que  se produzcan circularidades al estilo de Back to the future. Otro tanto ocurre en los capítulos dedicados a Desmond en la III y la IV temporada de Lost.
Si aceptamos al cine y a la televisión como legítimos continuadores de la tradición que arrancó en 1895 con La máquina del tiempo de Wells, podríamos señalar las siguientes características como propias del subgénero en su estado actual:
 
- Los viajes se realizan a lo largo de la historia personal o familiar de los protagonistas. - El dispositivo se volvió innecesario. Desaparece la figura de la máquina del tiempo. - El pasado y el futuro se asemejan a estados mentales de los personajes. El futuro, excepto en casos aislados (Deja Vu,  Tony Scott, 2007) deja de ser importante. El horizonte de los viajes es  cada vez con mayor frecuencia el pasado, como si la ciencia ficción  hubiera invertido su polaridad.

Las máquinas del tiempo

En su ya clásico Ciencia ficción, utopía y mercado, Pablo Capanna sostiene que la ciencia ficción se constituyó como una respuesta a la angustia generada por los avances científicos y tecnológicos del siglo XX y terminó, acaso paradójicamente, configurando el imaginario que serviría de modelo a este proceso. Esto se verifica no sólo en los programas espaciales llevados adelante por las grandes potencias, sino también en electrodomésticos, computadoras personales e Internet, que habían surgido mucho antes en las páginas de la ciencia ficción. Por este motivo, la estrella del género se habría ido apagando en los últimos veinte o treinta años: el mundo de sus fabulaciones es el que estamos viviendo en la actualidad.


Sin embargo, una rama importante del género que aún permanece –y por lo visto, seguirá permaneciendo– en el terreno de lo estrictamente conjetural es la de los viajes en el tiempo. En su taxonomía literaria, Capanna no la señala como una especie en particular. Por lo que se desprende de su clasificación, los viajes en el tiempo podrían situarse en algún lugar entre la ucronía, la utopía y tal vez en menor medida, en la literatura de anticipación. Poca justicia para con una temática que hoy en día permanece viva y en permanente movimiento, como un pez recién sacado del agua, en el cine y en algunas series de televisión.


La omisión de Capanna resulta doblemente llamativa si se tiene en cuenta que él mismo señala como uno de los pilares de la ciencia ficción a La máquina del tiempo, primera novela de H.G. Wells (1895). Más allá de su carácter alegórico, la novela sienta las bases de las principales obsesiones del género de ahí en adelante y durante un largo período: el futuro, y en el futuro, el destino de la humanidad. La novedad consistía en que su autor concebía al tiempo como una dimensión equiparable al espacio, a través de la cual se podía circular con la misma facilidad que con un automóvil por la calle. Este pasaje de la abstracción más pura –y profundamente moralizante– a su concreción tecnológica sería uno de los rasgos distintivos de la ciencia ficción clásica, de corte humanista, que va de Wells a Asimov y Arthur C. Clarke.


El libro es retomado por la industria cinematográfica recién en 1960 con The time machine de George Pal, dando inicio a una larga sucesión de películas y series de viajes en el tiempo.


De hecho, la narración de Wells, acaso por ser la primera, se presenta como la variante más elemental del subgénero: hombre que viaja al futuro –rara vez al pasado– y sus experiencias son una advertencia sobre los destinos de la especie humana. Su punto culminante es The Planet Of the Apes (Franklin J. Schaffner, 1968), basada en el libro homónimo de Pierre Boulle, con la diferencia de que éste utilizaba al viaje en el tiempo como un recurso efectista, no como un elemento constituyente de la trama.

Hablamos, entonces, de “subgénero”, y nos resistimos a subsumirlo dentro de otras ramas de la ciencia ficción como propone Capanna. Sus problemáticas son propias y perfectamente individualizables. Podemos resumirlas en tres puntos que se relacionan entre sí:

 

- Las paradojas temporales.
- El libre albedrío.
- Los universos paralelos.

 

Todos estos puntos se encontraban en estado embrionario tanto en el libro de Wells como en la película de George Pal y ya habían sido abordados con más profundidad por Ray Bradbury en su relato “El ruido de un trueno” y Robert Heinlein en “Todos vosotros, zombies”, entre muchos otros, cuando Chris Marker estrena su mediometraje La jeteé en 1962. Su argumento serviría de base a la película 12 Monkeys más de treinta años después.


La historia es inquietante: en su infancia, un niño es testigo de un asesinato en un aeropuerto. En su madurez, es enviado al pasado para cumplir con una misión. Luego de una serie de idas y vueltas en la trama –que se complejizan en 12 Monkeys– es asesinado en un aeropuerto. Entre los testigos, hay un niño que no olvidará jamás la escena.

 

Es probable que quien mejor haya narrado la circularidad –en términos de lo que fue su desarrollo posterior– haya sido Philip K. Dick en su relato “Algo para nosotros, temponautas” de 1974, donde imagina un programa de viaje temporal similar a lo que había sido el programa espacial de los Estados Unidos durante los años 60 y 70. Se produce una falla en el lanzamiento de la máquina del tiempo, y sus tripulantes ingresan en un bucle temporal que los obliga a vivir la misma situación una y otra vez. La particularidad del cuento de Dick, su toque personal, es que el protagonista tiene una conciencia de haber vivido ya los episodios que se están narrando, lo cual le genera una creciente sensación de irrealidad. La misma que se insinúa en La Jeteé y aparece más explícitamente en 12 monkeys, donde el protagonista duda permanentemente de su cordura, como si sus viajes en el tiempo fueran una especie de alucinación.

 

Unos años antes de 12 Monkeys, la saga de Back to the future había operado algunos cambios dentro del paradigma del subgénero. La máquina –el célebre DeLorean– respetaba el espíritu de la de Wells, que también tenía rasgos de automóvil. Pero esta vez era un artefacto cotidiano perfectamente reconocible. La trama de la saga, con sus idas y vueltas entre el pasado y el futuro, no difería esencialmente de lo que ya se había visto en las pantallas, e incluso en series de televisión como The Time Tunnel, Voyagers! y Star Trek. La diferencia era que el protagonista retrocedía a su propio pasado familiar. Las consecuencias de sus viajes se terminan, hasta donde podemos saber, dentro de los límites de su ciudad. Lo que está en juego es su propia existencia y el destino familiar, no el de la humanidad. Liberado de esa carga, el subgénero derivó en una larga sucesión de comedias y películas románticas que utilizaban algunos de sus tópicos, como Groundhog Day, Kate & Leopold y las dos de Bill & Ted.


En Donnie Darko (Rickard Kelly, 2001) se produce una primera síntesis entre la duda esquizoide de 12 Monkeys y cotidianeidad de Back to the future. Resurge la trama circular, sembrada de dudas debido a la medicación psiquiátrica que consume el protagonista. La película está armada como un rompecabezas. No existe máquina del tiempo. El futuro y el pasado no son acontecimientos históricos, sino que oscilan entre dos condiciones contrapuestas: son estados mentales, o momentos en la historia familiar del protagonista. Sólo al final el argumento parece inclinarse por la última opción.

 

The Butterfly Effect (Eric Bress y J. Mackye Gruber, 2004) radicaliza esta propuesta, adaptando la idea –propia de la Teoría del Caos– que subyace al cuento “El ruido del trueno” de Ray Bradbury: el aleteo de una mariposa puede sentirse del otro lado del mundo. La asimilación entre el viaje en el tiempo y un viaje mental es absoluta. No sólo no hay máquina del tiempo, sino que el protagonista regresa a su pasado con la edad y la apariencia que tenía en aquel entonces, eliminando la posibilidad de que se produzcan circularidades al estilo de Back to the future. Otro tanto ocurre en los capítulos dedicados a Desmond en la III y la IV temporada de Lost.

Si aceptamos al cine y a la televisión como legítimos continuadores de la tradición que arrancó en 1895 con La máquina del tiempo de Wells, podríamos señalar las siguientes características como propias del subgénero en su estado actual:

 

- Los viajes se realizan a lo largo de la historia personal o familiar de los protagonistas.
- El dispositivo se volvió innecesario. Desaparece la figura de la máquina del tiempo.
- El pasado y el futuro se asemejan a estados mentales de los personajes.

El futuro, excepto en casos aislados (Deja Vu, Tony Scott, 2007) deja de ser importante. El horizonte de los viajes es cada vez con mayor frecuencia el pasado, como si la ciencia ficción hubiera invertido su polaridad.

“Twenty” es el nombre del documental que le dedicó Cameron Crowe a Pearl Jam. Abre con imágenes de Seattle en los noventa, Chris Cornell, los músicos de la banda, un Eddie Vedder muy joven, que en su primera aparición tiene unos meses menos que en los video clips de Ten, cuando le vimos la cara por primera vez, y entonces no parecía tan adolescente. Cuenta Stone Gossard que durante uno de los primeros recitales de la banda, unos empleados de seguridad se agarraron a trompadas con algunos asistentes al show, a quienes quisieron echar del lugar. Vemos la filmación: Eddie Vedder observa todo desde el escenario. Su cara se deshace de furia, grita, y luego sigue cantando pero ya no es el tímido que pide permiso: la voz se le volvió poderosa, una canción de amor se transforma también en una de protesta, sin dejar de ser una canción de amor. Pienso que esa transformación sintetizaría el espíritu de Pearl Jam, si existiera tal cosa.

Pero no la hay. Pearl Jam no persigue la revolución. Nunca experimentó con la distorsión que provocan las drogas en la percepción de la realidad. No intentaron generar melodías que cambiaran la música de su época. El gobierno no amenazó a los músicos con enviarlos a Vietnam. El combate de Pearl Jam contra la empresa encargada de la comercialización de los recitales de rock en Estados Unidos está más cerca de la gesta de un liberal honesto y esclarecido, que de la narrativa contracultural del rock de los años setenta. Eddie Vedder lo sabe. Grita de impotencia. Ese grito es el que anima la búsqueda de Pearl Jam desde el debut con Ten hasta el disco Binaural, con el que consolidaron una fórmula muy aceitada, que no modificaron desde entonces.

Cumplen veinte años. Algunos menos que nosotros, los que seguimos escuchándolos igual que siempre.

panicopotlach:

“El resultado de que todos los acreedores traten de que se les devuelvan los préstamos es un pánico desastroso del que la comunidad tarda mucho tiempo en curarse”.
M. Mauss, Ensayo sobre el don (1925).

panicopotlach:

“El resultado de que todos los acreedores traten de que se les devuelvan los préstamos es un pánico desastroso del que la comunidad tarda mucho tiempo en curarse”.

M. Mauss, Ensayo sobre el don (1925).